Bajtín y Dostoyevski: dialogía, polifonía y heteroglosia en literatura

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Bajtín y Dostoyevski: dialogía, polifonía y heteroglosia en literatura 1

Polifonía y dialogismo

En Problemas de la poética de Dostoievski (1963), Bajtín desarrolló los conceptos que iban a informar gran parte de su obra. El concepto de “polifonía” (tomado de la música) es fundamental para este análisis. Polifonía significa literalmente múltiples voces. Bajtín lee la obra de Dostoievski como si contuviera muchas voces diferentes, no fusionadas en una sola perspectiva, y no subordinadas a la voz del autor. Cada una de estas voces tiene su propia perspectiva, su propia validez y su propio peso narrativo dentro de la novela.

El autor no interpone su propia voz narrativa entre el personaje y el lector, sino que permite que los personajes choquen y se subviertan. Así, es como si los libros estuvieran escritos por múltiples personajes, y no por el punto de vista de un único autor. En lugar de un único mundo objetivo, mantenido por la voz del autor, hay una pluralidad de conciencias, cada una con su propio mundo. El lector no ve una única realidad presentada por el autor, sino cómo aparece la realidad para cada personaje.

El texto aparece como una interacción de perspectivas o ideologías distintas, portadas por los diferentes personajes. Los personajes son capaces de hablar por sí mismos, incluso contra el autor: es como si el otro hablara directamente a través del texto. El papel del autor cambia fundamentalmente, porque ya no puede monopolizar el “poder de significar”.

El “principio dialógico” de Dostoievski se contrapone al “monologismo” (discurso de pensamiento único; también denominado “homofonía” – voz única) característico de la escritura y el pensamiento tradicionales. En el monologismo, una perspectiva o conciencia trascendental integra todo el campo y, por tanto, integra todas las prácticas significantes, ideologías, valores y deseos que se consideran significativos. Todo lo que no sea relevante para esta perspectiva se considera superfluo o irrelevante en general.

Un mundo monológico se compone de objetos, integrados a través de una única conciencia. Dado que los demás sujetos sólo tienen valor en relación con la perspectiva trascendente, quedan reducidos a la condición de objetos. No se les reconoce como “otra conciencia” ni como titulares de derechos. El monologismo se lleva a cerrar el mundo que representa, al pretender ser la palabra última.

En el monologismo, la “verdad”, construida abstracta y sistemáticamente desde la perspectiva dominante, se permite eliminar los derechos de la conciencia. Se niega la capacidad de cada sujeto para producir un significado autónomo. La diferencia cualitativa se convierte en cuantitativa. Se realiza así una especie de “muerte” discursiva del otro, que, como no escuchado y no reconocido, se encuentra en un estado de no-ser. La palabra monológica “gravita hacia sí misma y hacia su objeto referencial” (esta idea de un cierre tautológico del discurso dominante se encuentra también en Negri, Marcuse, Baudrillard y Barthes).

En una novela monológica, por ejemplo, los personajes existen únicamente para transmitir la ideología del autor, y éste sólo representa su propia idea, no la de los demás. Cualquier diferencia entre los personajes se produce como si se tratara de una conciencia única. Este tipo de novelas, afirma Bajtín, tienden a ser sin rasgos y planas, marcadas por un único tono. Bajtín sospecha de la intención del autor, ya que a menudo no respeta la autonomía de la voz del otro.

El diálogo, en cambio, reconoce la multiplicidad de perspectivas y voces. También se denomina “doble voz” o “multivoz”. Es un “principio” que puede convertirse en el principal referente de un campo estético concreto. Cada personaje tiene su propia palabra final, pero se relaciona e interactúa con las de otros personajes. El discurso no se desarrolla lógicamente (como en la filosofía analítica), sino que interactúa. Esto hace que las obras dialógicas sean mucho más “objetivas” y “realistas” que sus homólogas monológicas, ya que no subordinan la realidad a la ideología del autor.

Una obra dialógica se relaciona constantemente con otras obras y voces y se nutre de ellas, tratando de alterarlas o informarlas. Se nutre de la historia del uso y los significados anteriores asociados a cada palabra, frase o género. Todo se dice en respuesta a otros enunciados y en previsión de futuros enunciados. Este estilo de uso del lenguaje es, según Bajtín, típico del uso del lenguaje cotidiano. Su uso en las novelas representa fielmente la realidad del uso del lenguaje.

La palabra dialógica está siempre en una relación intensa con la palabra de otro, dirigiéndose a un oyente y anticipando una respuesta. Dado que está diseñada para producir una respuesta, tiene una cualidad combativa (por ejemplo, parodia o polémica). Se resiste a la clausura o a la expresión inequívoca, y no logra producir un “todo”. Es una conciencia que se vive constantemente en las fronteras de otras conciencias.

Para Bajtín, el lenguaje monológico es una corrupción de un dialogismo subyacente. Todas las prácticas de significación (es decir, el uso del lenguaje y los símbolos) tienen un objetivo en última instancia dialógico. La conciencia humana no es una entidad unificada, sino que siempre está en conflicto entre diferentes conciencias. De hecho, una conciencia única separada de la interacción con otras conciencias es imposible.

La conciencia es siempre un producto de interacciones que responden, y no puede existir de forma aislada (si alguien ofrece contraejemplos de ermitaños o diferencias psicológicas, hay que señalar que esas personas siguen dialogando -con su entorno ecológico, con la naturaleza, con múltiples voces interiores… no hay razón para suponer que el dialogismo se detiene en los límites de lo interhumano). Sin embargo, el uso del lenguaje puede maximizar esta naturaleza dialógica o tratar de minimizarla o restringirla.

El dialogismo no es simplemente diferentes perspectivas sobre el mismo mundo. Implica la distribución de elementos totalmente incompatibles dentro de diferentes perspectivas de igual valor. Bajtín critica la opinión de que el desacuerdo significa que al menos una de las personas debe estar equivocada. Dado que existen muchos puntos de vista, la verdad requiere muchas voces inconmensurables. Por tanto, implica un mundo fundamentalmente irreductible a la unidad. Niega la posibilidad de trascendencia de la diferencia (como en Hegel; ésta es una diferencia importante entre la dialógica y la dialéctica). La separación y la simultaneidad están permanentemente con nosotros. No hay un único significado en el mundo, sino una gran multitud de significados en disputa. La verdad se establece mediante la direccionalidad, el compromiso y la implicación en un contexto concreto.

En una visión del mundo plenamente dialógica, la estructura del texto debería estar subordinada al derecho de todos los personajes a ser tratados como sujetos y no como objetos. Una novela en esta tradición se construye como un gran diálogo entre almas o perspectivas no sumergidas. Las ideas no se presentan en abstracto, sino que se encarnan concretamente en la vida de los protagonistas. Un texto dialógico presenta las relaciones como dialógicas y no como mecánicas u objetuales, y evita la finalidad autoral. La finalización artística se considera sospechosa, aunque también necesaria en un grado mínimo.

Heteroglosia

En La imaginación dialógica, Bajtín amplía su análisis del dialogismo mediante el concepto de heteroglosia. Este análisis hace hincapié en la combinación de enunciados o géneros discursivos existentes para construir un texto. Cada novela se construye a partir de una diversidad de estilos y voces, ensamblados en un sistema artístico estructurado que ordena la diferencia de una manera particular.

Esto supone un desafío a la idea de la creatividad lingüística como uso original e individual del lenguaje. Incluso dentro de una misma perspectiva, siempre hay múltiples voces y perspectivas, porque el lenguaje que se utiliza ha sido tomado prestado de otros. Bajtín sostiene que no se trata simplemente de la creatividad del autor. Es muy crítico con ese énfasis en el autor, que considera que expresa una visión monológica de la novela.

Más bien, el autor realiza una particular expresión sincrética de la heteroglosia social. La originalidad está en la combinación, no en los elementos.
El mundo social e histórico también se caracteriza por la heteroglosia y la lucha discursiva.

A escala social, Bajtín critica a aquellos (como Saussure) que ven el lenguaje como un sistema cerrado. Considera que estas opiniones son cómplices de la creación de una lengua unificada como vehículo de poder centralizado. La mayoría de las veces, la lengua “estándar” (como el español estándar) se toma del habla de la élite. Esta elevación de una lengua hegemónica concreta suprime la heteroglosia de los múltiples tipos de habla cotidiana. El discurso cotidiano debe ajustarse al estilo oficial para ser reconocido como parte de una comunidad de habla privilegiada y cerrada.

Cuando predomina este tipo de uso “monoglósico” del lenguaje, la gente muestra una conciencia “mágica” o “mitológica”. En esta conciencia, como en la idea de Marcuse del pensamiento unidimensional, las palabras y sus significados tienen una relación estrecha y estable. El libre desarrollo del diálogo se ve seriamente obstaculizado. El lenguaje se vuelve cerrado o “sordo” a las voces de la diferencia. Este cierre del lenguaje se asocia al nacionalismo.

Bajtín considera que estas tendencias centralizadoras se contraponen a los procesos centrífugos que diversifican la lengua. En particular, las lenguas “folclóricas” y “festivas”, como el carnavalesco, desafían el cierre oficial. La historia de la lengua es una lucha constante entre ambas tendencias, que son también fuerzas de inmovilismo y de cambio respectivamente. Esto recuerda a los principios sociales y políticos de Kropotkin, a los imaginarios instituyentes e instituidos de Castoriadis y al poder constitutivo y constituido de Negri.

Bajtín no creía que el dominio monoglósico pudiera durar mucho tiempo. Está condenada a romperse por un retorno de la heteroglosia, ya que el discurso dominante es interrumpido por otras voces. La heteroglosia es básica, mientras que la monoglosia es una forma alienada de la misma. Como el lenguaje siempre se orienta en última instancia hacia el otro, es primordialmente dialógico. En última instancia, no existe un medio literario unificado, sino una plenitud de lenguajes sociales locales.

En una situación de heteroglosia, la perspectiva dominante, o la propia, se desfamiliariza a su vez. Esto sucede porque se hace visible desde las perspectivas de los demás, además de la propia. Rompe la relación mitológica con el lenguaje, mostrando la brecha entre las palabras y sus significados.

El punto de vista de Bajtín va en contra de la opinión de que el lenguaje es simplemente un medio para comunicar información. Según Bajtín, el lenguaje no puede relacionarse directamente con un mundo externo. Más bien, un campo social de formas de ver que interactúan siempre media la relación entre cada hablante y el mundo. Cualquier forma de ver ilumina algunos aspectos de un objeto y oscurece otros. La idea de que el lenguaje es simplemente descriptivo lo convierte en una “cáscara muerta, como una cosa”. Todo uso del lenguaje está mediado por formas sociales de ver. Además, estas formas sociales de ver son siempre discutidas, dialogan y cambian.

El discurso siempre se dirige hacia o a través de un campo de “palabras ajenas” y juicios de valor ajenos. Una comprensión activa y comprometida del discurso de los demás incorpora la perspectiva del otro al propio marco, dándole nuevas inflexiones y matices. Esta posibilidad de aprender e incorporar el discurso del otro es lo que hace posible el diálogo y la novedad en el lenguaje. Los hablantes intentan ayudar a este proceso haciendo que sus propias declaraciones resuenen con el marco del oyente. El diálogo se orienta así hacia la perspectiva del otro, buscando introducir en ella elementos nuevos. Se lleva a cabo “en territorio ajeno”.

Uno experimenta un “devenir” o maduración al asimilar selectivamente las perspectivas de los demás. Uno puede situarse socialmente relacionando su propia perspectiva con la de los demás. Este proceso debe producirse como un proceso de autorrealización. Es el punto de vista peculiar de la “exterioridad” que hace algo nuevo de la perspectiva del otro al fusionarla con la propia.

Sin embargo, existe una dificultad. La palabra ajena del otro puede ser “autoritaria” o “internamente persuasiva”. Mientras que la segunda es coextensiva con la autorrealización y el diálogo, la primera se proyecta en el yo de forma reificada, como un objeto. El discurso autoritario no puede representarse como las palabras de un héroe en diálogo con un autor en una novela. Una novela puede convertirse en un lugar de heteroglosia porque puede representar múltiples géneros discursivos. Así, puede representar los debates de una época y hacer que las perspectivas se comprendan mejor entre sí. Una novela dialógica revela y relativiza las fronteras lingüísticas, haciendo que el discurso las atraviese. La poesía, en cambio, es vista con recelo.

Para Bajtín, un sujeto maduro debería aprender a rechazar el discurso autoritario y adoptar sólo aquellas partes de las perspectivas de los demás que encajen con sus valores y experiencias. Un sujeto así tendría un discurso activo, independiente y responsable, respetando la palabra ajena en su autonomía.

Este tipo de enfoque se hace eco de los debates actuales en torno a las lenguas. Los debates en torno a la “muerte de la lengua” muestran las divisiones entre las visiones del lenguaje como expresivo -que conlleva una forma de ver- o como instrumental -principalmente un medio para comunicarse eficazmente-. Esta última visión es típica del capitalismo y de las sociedades masificadas, mientras que la primera se preocupa por el declive de las lenguas locales que se relacionan estrechamente con entornos particulares.

En otro orden de cosas, Bhabha considera que el impacto de los emigrantes en la lengua y la identidad realiza un proceso similar al teorizado por Bajtín. La heteroglosia provoca cambios lingüísticos y estéticos a largo plazo. Bajtín atribuye un enorme poder social a la literatura, sugiriendo que cosmovisiones enteras se configuran mediante cambios entre tipos de literatura monológicos y dialógicos. La épica y la poesía crean mundos fatalistas y cerrados, mientras que las novelas crean mundos abiertos.

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1 respuesta

  1. 16 noviembre, 2021

    […] 🔗 Mijaíl Bajtín sobre la polifonía en la novela de Dostoyvski […]

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